La La Land

El cine no clásico, no ha muerto. Damien Chazelle, se consagra como niño prodigio de Hollywood con esta película que reivindica las esencias del musical clásico, adaptando sus formas al cine contemporáneo.

El clasicismo enmarca la ambientación, el tono de un romance idílico y el trabajo de unos actores todoterreno que tanto transmiten con un cruce de miradas, cantan, lloran, bailan o vuelan a las estrellas.

En la forma aparecen planos secuencia majestuosos como el que da inicio, puntuaciones de montaje que nos trasladan a revisitar una presentación desde otros puntos de vista y tanto la música como el sonido percuten en leitmotivs o silencios contenidos.

Si el principio es espectacular, el final es un prodigio de inteligencia visual intimista, con las teclas de un piano pulsando tu fibra sensible.

En conjunto hay un despliegue de elementos de un lenguaje plenamente moderno que casa a la perfección con lo clásico.

Además, abunda el metacine, eso del cine dentro del cine. No tanto por llevar a los personajes al interior de una sala cinematográfica sino por la abundancia de homenajes encubiertos o evidentes.

Un plano homenaje a All that jazz, un segmento de Un americano en París, la calle de los Paraguas de Cherburgo

Chazelle sabe de cine y tiene gusto por lo añejo. Su película además de homenaje a los tiempos del technicolor de Rebelde sin causa o los colores de West Side Story, toma algo de la fotografía colorista de Jack Cardiff en otro referente del género musical como Las zapatillas rojas.

Por si fuera poco, este nuevo niño prodigio de Hollywood sabe mucho de música y su película es también una reivindicación al jazz más puro y experimental de los tiempos del Be boop con Charlie Parker, Monk, Coltrane, etc.

Hay una escena con un diálogo impagable entorno a la diferencia del jazz auténtico y ese de ascensor como el de Kenny G.

Tal vez sea una película demasiado bonita, redonda y bella para las atormentadas mentes posmodernas, ávidas de atmósferas malsanas y críticas existenciales.

Ciertamente, ésta es una película arriesgada que roza lo cursi y con una tesis clara que no admite mucho debate : Vive tus sueños.

La vida es de los soñadores, de los que persiguen una meta, por utópica que ésta sea.

Sí, puede ser un edulcorado cuento de hadas pero ¿qué más da? Ya está bien de dramas y excusas amparadas en la crisis. Hubo un tiempo en el que el cine hacía soñar, como cuando Gene Kelly se subía por las paredes o Ester Williams hacía lo imposible en una piscina. Décadas después aquella Universal que nos trajo monstruos y musicales durante los duros años 30, cabalga hacia los Oscars con una película con regusto a los mejores tiempos del cine clásico.

Aquí también hay star system. Con el tipo de duro de Drive, Ryan Gosling ejerciendo de pianista incomprendido, al tiempo que despliega sus recursos como bailarín y cantante. A su lado, Emma Stone, irradia como un sol incandescente. Con un rostro bello y carismático, de ojos cristalinos capaces de transmitir cuánto quiere, como en ese plano prodigioso en el que cuenta su sueño en París.

Juntos hacen una buena pareja, con química, además de marketing.

Ellos son la película, aunque en una secuencia se cruce J.K. Simmons, tremendo secundario que lo bordó en Whiplash, la anterior película de Chazelle.

La carrera hacia los Oscars parece ganada. La la Land lo tiene todo, en especial todo aquello que al viejo Hollywood le puede gustar pero no creo que ésta sea una peli diseñada para conseguir estatuas, sino un canto de amor al cine de toda la vida y también a la ciudad de Los Ángeles.

L.A. es la meca al que todos van a cumplir sus sueños. Un laberinto de autopistas, sesgado por la mística de Sunset Blvd. Tuve la suerte de estar ahí, un tiempo para dar rienda suelta a mis sueños y aprender de cine gran parte de lo que ahora sé. Recuerdo la ilusión de quienes queríamos dedicarnos a esto del cine, las miradas de las camareras esperando la hora de un casting, la conversación del taxista que tenía un guión que algún día le llevaría a la fama.

Muchos sueños se quedan en el tintero, otros se cumplen y algunos cambian pero qué importante es tener un lugar en el que poder soñar.

No he olvidado la belleza inmensa del Océano Pacífico, la esbeltez de las palmeras alineadas al sol de California, ni lo importante que es no dejar de sonar y perseguir tus sueños cada día.

La la Land habla de todo esto, por eso me ha conmovido y creo que devuelve a la gente a las salas de cine. Es bonito ver las colas y las caras de la gente al salir de la proyección. Ver que una película se proyecta a la vez en varias salas y que pese a la globalidad y las series, todavía es capaz de marcar una época.

El cine vuelve a sus esencias de contar bien una historia universal, esa que va del amor, las oportunidades perdidas, los sueños que vivimos y no se cumplieron, lo que pudo haber sido… Emociones que todos llevamos con nosotros y que una buena película como ésta, sabe despertar.

El mundo es de los que sueñan y persiguen sus sueños.

Alexis Racionero Ragué

One Comment on “La La Land

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