Darshan, las entrevistas

Recopilo toda la campaña de difusión de mi libro Darshan, sabiduría oriental para la vida cotidiana.

Empezamos con la presentación a finales de septiembre del 2017 en la Central de Barcelona que podeis ver gracias a la grabación de Mindalia Televisión.

Fue un bonito acto, presentado por Agustín Paniker mi editor, y Josep Olives.

Después siguieron las presentaciones en Va de Llibres de Menorca, L’Altell de Banyoles o Cálamo en Zaragoza.

La primera entrevista en la radio fue para el programa de Radio Nacional Arte Esfera que podeis escuchar clicando aquí.

Luego seguí con el programa de Miguel Angel Blanco, Espacio en Blanco, en una conversación más que entrevista.

Antes de acabar el año pasé por el programa L’ Ofici de viure (Cat Ràdio) de Gaspar Hernández, compartiendo con Ricard Rotllán y por el de Elisenda Camps (Rac 1) Tot és possible.

Y empecé el año, con una entrevista con Radio Andorra en el programa El jardí dels Mandales.

Pienso que esta recopilación es mi manera de celebrar el día mundial de la Radio y la forma de agradecer todas las entrevistas realizadas.

Cuando pienso en la radio siempre recuerdo a mi querida abuela o cuando de niño seguía los partidos de fútbol escuchando e imaginando las jugadas en mi mente. Los tiempos cambian aunque hay cosas que se mantienen.

Aprovecho para colgar el link de la próxima presentación en la Casa Asia de Madrid, el próximo lunes 19 de febrero a las 19h. Recuerdo a quien quiera venir que el acto es gratuito pero es preciso inscribirse. Presenta el hombre de la palabra y los libros, Fernando Sánchez Dragó, sabio vital, viajero y amigo.

Acabo con la recopilación de entrevistas o reseñas en medios como Culturas de la Vanguardia, diari Ara, Verde Mente, De Viajes…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los budas de Sri Lanka

Sri Lanka es la tierra de los budas escarpados en la roca. Una isla de contrastes en cuanto a paisaje. De la aridez de su triángulo cultural formado por Anuradhapura, Polonnaruwa y Kandy, al verdor que se extiende a partir de ésta última población hacia los montañas de té de Nuwara Eliya o las playas tropicales que aguardan en las zonas costeras de la isla.

Son muchos los encantos de la antigua Ceylan aunque aquí me voy a concentrar en el interés artístico y arqueológico de sus Budas.

Desde Colombo puerto de entrada natural a Sri Lanka, se asciende hasta Anuradhapura en apenas cuatro horas por una carretera llana y en buen estado para alcanzar Anuradhapura donde se pueden visitar inmensas estupas como la de Ruwanweliseya o la más antigua de Jetavanarama, además de templos en la roca como el de Isuruminiya. A pocos kilómetros de esta pequeña población se encuentra Mihintale, las ruinas fundacionales del budismo Theravada en la isla y en todo el sudeste asiático. Puede verse la pequeña cueva en la que durmió el asceta Mihindu entorno al 247 a.C. El gran buda en el monte sagrado es de yeso y no tiene valor pero la ascensión a la roca sagrada con los escalones esculpidos en la piedra merece mucho la pena.

La devoción de los locales en este ritual de peregrinación es sobrecogedora. Ancianas ascendiendo ayudadas por otros familiares para alcanzar la cima de una piedra enorme, completamente redonda que parece a punto de caer al precipicio. Su morfología se parece mucho a la Golden Rock de Myanmar.

Sri Lanka comparte con este país la presencia de lugares sagrados en la naturaleza a partir de montañas rocosas a las que peregrinar como el monte Popa en el caso birmano o Sigiriya y el pico de Adán en Sri Lanka.

Pero si lo que interesa es ver Budas esculpidos en la piedra, la primera parada desde Anuradhapura es el Aukana Rock Buda, en el camino hacia Dambula. Hay que desviarse expresamente, y hacer un tramo por camino de tierra en buen estado, desde el pueblo que da nombre a este estatua, para llegar a este lugar remoto donde se erige un buda de 16 metros de altura tallado de una sola pieza y al que también se le conoce como Avukana Buddha. Data del siglo V y presenta el sirispata o símbolo de una llama sobre la cabeza, característico de los budas de Ceylán, el sur de la India y Tailandia. Es uno de los cinco budas colosales que se conservan en la isla. Fue tallado en granito y realiza una variante del mudra de abhaya que simboliza la protección y la bondad que vencen al miedo. La mano izquierda descansa mientras la mano derecha se eleva con la palma hacia fuera como en un juramento.

Unos kilómetros al este queda Polonnaruwa, el lugar que en mi opinión concentra mayor riqueza de patrimonio artístico. Las ruinas de la ciudad antigua con grandes estupas como Rankoth Vehera en ladrillo primitivo o blancas como la de Samawathi. Destaca el precioso templo circular de Vatadage donde te reciben cuatro budas sentados en postura de loto, ubicados cada uno de ellos, en los cuatro puntos cardinales. Data del siglo XII, al igual que casi todo el entorno de la que fue antigua capital del reino.

En cuanto a budas tallados en la roca aquí se encuentran los más bonitos de la isla, los de Galvihara. Se trata de tres grandes budas, uno de pie, sentado y reclinado, más uno de menor tamaño en el interior de una pequeña cueva o capilla.

De serena sonrisa, rasgos suaves y cabeza ovalada, les caracteriza la piedra blanca con vetas marinas, azuladas en horizontal que parece dibujar un velo sobre su cuerpo. Los pliegues del vestido y las franjas de color aportan un precioso movimiento sinuoso a las solemnes esculturas que parecen vivas.

La cubierta de uralita construida para proteger el conjunto es del todo desafortunada y parece mentira que la Unesco cuando viene a cuidar el patrimonio de la humanidad tenga tan poco en cuenta el factor estético y cómo su intervención puede afectar al visitante. Pese a ello, la belleza del conjunto de los Budas de Galvihara vale por si mismo el viaje a Sri Lanka.

Ya, en el sur, después de cruzar las montañas centrales entre Kandy, Nuwara Eliya y el precioso valle de Ella, quedan por ver lo budas de Buduruvagala, en mitad de la selva a 3km pueblo de Wellawaya. El buda central de 16 metros es el más alto de la isla. El conjunto data de los siglos IX – X y se compone de un trío de figuras procedentes del Budismo Mahayana.

Un buda Avalokitesvara y dos devotos: el buda Vajrapani tibetano y el Maitreya del futuro. Están todos ellos tallados sobre una colina rocosa, escindida en su mitad para esculpir los budas sobre un plano vertical y perfecto. Quedan leves rastros de pintura añadidos en siglos posteriores sobre las figuras que en este caso son de piedra gris y negra.

Por último, no está mal conocer ejemplos de budas no tan colosales pero igualmente bellos, por su detallismo y refinamiento, como el de Kusta Raja Gal, a las afueras del pueblo surfero de Welligama. Talla de apenas tres metros, incrustado en una buena hendidura en la roca a modo de capilla. Con muchos detalles ornamentales hinduistas en el ropaje y la corona.

Para completar esta panorámica de los mejores budas esculpidos en piedra de la isla de Sri Lanka se podría añadir el conjunto de budas del interior de las cuevas de Dambula, en lo que se conoce como Golden Rock Temple. Dambula queda cerca de Polonnaruwa y para visitar las cuevas hay que realizar una costosa ascensión por un sin fin de escaleras. Arriba esperan cinco cuevas.

La principal, Dambula Viharaya también es llamada la cueva de los budas infinitos. Los hay esculpidos y pintados por techos, paredes laterales, suelos, pasillos, capillas. Todo el espacio parece un bosque de budas. Gran parte el conjunto data del siglo I a.C. aunque la mayor parte de lo que conserva es del siglo XVIII cuando un príncipe local encargó su restauración y repintado. Algunos budas son del siglo XII.

La ventaja del interior de la cueva es la conservación de la pintura y el misterio de la oscuridad pero a nivel escultórico las sensaciones son muy distintas a los casos anteriores.No obstante no hay que perderse este conjunto de cuevas de las que el viajero Fa Shien ya habló de sus maravillosos budas, allá por el siglo IV. Él habló de un Maitreya buda en sus crónicas, hoy desde el futuro los visitantes se asombran con la enorme figura de Maharajalena o gran rey de la cueva número dos.

Pueden encontrarse budas esculpidos en la roca por toda Asia, pero sin duda Sri Lanka, como es propio de una isla, posee la virtud de la concentración en un territorio reducido. Algunos como los de Galvihara son únicos en su belleza, otros tal vez puedan ser superados por los de Gandhara en Pakistán, muchos de los cuales se han perdido para siempre.

Estos budas son probablemente el tesoro mejor guardado de la antigua Ceylan, una tierra en la que el viajero no debe esperar encontrar budismo en la calle, con monjes deambulando o en procesión. Tampoco hay muchas expresiones de rituales o culto, más allá de la peregrinación budista a lugares sagrados como Kandy o alguna de las montañas sagradas. Para experienciar un budismo no pétreo sino vivo y en la calle, es mejor ir a lugares como Myanmar, Laos o el Tíbet.

Los grandes budas de Sri Lanka invitan a contemplar, silenciar y meditar.

En ellos reside, la esencia del iluminado, el buda, aquel que encontró el universo sagrado en su interior.

Alexis Racionero Ragué

* La visita a los conjuntos descritos exigen el pago de una entrada muy cara en comparación con el resto de precios de la isla. Unas 1500 rupias locales que equivalen a unos 7 euros. Una tasa, eso sí, que sólo se aplica a los turistas que podemos pagarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Asian Film Fest, viajando con las películas

La pasada semana participé como jurado en la sección Panorama en el Festival de cine Asiático que organiza Casa Asia desde hace años y dirige de Menene Gras con la inestimable colaboración de distintos voluntarios. En poco más de una semana (2-12 Nov) el festival programa un centenar de películas cubriendo una extensión de 12.000 km desde el Asia Central, el Sudeste Asiático, Lejano Oriente u Oceanía.

Predominaba el cine hecho en Hong Kong y países prolíficos en cine como India, Irán, Corea. o Japón, aunque para mí lo más interesante fue poder ver películas de lugares remotos como Bután, Sri Lanka, Myanmar o Afganistán. Países remotos por geografía o tradición fílmica.
Ver un film rodado en Bután sobre la profecía (The Propehcy) que traerá un nuevo Rimpoche, es un privilegio, al margen de sus valores cinematográficos. Contemplar la belleza de los Himalayas y los templos escarpados en la roca… Ver cabalgar a niños sobre la gran meseta de Mongolia (Children of Genghis)…. Son imágenes imborrables para el espectador que así puede viajar a estos lugares, conociendo su geografía, gentes y costumbres.

Gracias al festival pude conocer un país que ni conocía: Kirguistán. Un bello territorio escindido del antiguo imperio ruso, situado entre montañas y verdes praderas. Amor a primera vista para el amante de la naturaleza.

En mi jurado tenía a dos entrañables kirguistanís que pese a no dominar ni el inglés ni el castellano vinieron a todas las proyecciones, elaborando un análisis exhaustivo de todas las películas en la comida de las votaciones. Disciplina soviética y aires campechanos para quienes acabaron ganando un premio a la dirección por su película A father’s Will. Hubo también mongoles, nómadas de las salas que apenas visionaban para escaparse a vivir la ciudad, gentes cuyo cine es pura comedia y excentricidad. Gente seria y educada de Japón, filipinos de extensa amabilidad…

Con tantas secciones los encuentros de los jurados eran una buena sopa asiática para todos los que éramos de aquí. Una buena forma de conocer a las gentes de Asia, pudiendo ver sus películas en las proyecciones de los cines Girona.

Es una lástima que pasado el festival, la distribución de muchas de ellas sea nula en nuestros cines, por eso es bueno acudir a citas cómo ésta. Son oportunidades únicas de conocer. Para mí no es tanto si buen o mal cine, sino la curiosidad por conocer.

Los coreanos con sus dramas retorcidos (The rule of violence), los iranís con películas sobredialogadas y estatítcas tan intensas como A House of 41st, los japoneses con elegantes thrillers como Gokorogu, traces of a sin, y los de Hong Kong con la amplia variedad y buena factura que va de Mad World al Happiness de mi compañero de jurado Andy Lo. La primera una película sobre la bipolaridad y la segunda sobre el alzheimer tratado desde una ligera perspectiva de comedia.

Pude ver cine asiático que quería ser a la americana, al modelo Hollywood pero fueron las que menos. Lo mejor de este amplio panorama de cine asiático fue comprobar la autenticidad de su cine y el arraigo con cada uno de sus países de producción.

En nuestra sección de mutuo acuerdo con mis colegas kirgistanís y mongoles, premiamos una bella película afganesa llamada Wolf and Sheep, dirigida por una joven de 26 años que con veinte y después de estudiar dirección de documental, ya recibió apoyo de la fundación de cine de Cannes. Su película explica la cotidianeidad de un pueblo de pastores de la alta montaña, en el que los niños y las niñas no pueden estar juntos. Historias cruzadas entrelazadas como leyendas como la del lobo de Pakistán. Un perfecto documental en la belleza de unas montañas sobrecogedoras que explica cómo éramos o cómo son las comunidad rurales primitivas.

Alexis Racionero Ragué

Blade Runner, el mito atemporal

Los mitos son atemporales, perduran más allá de las puertas de Tanhaüser, grabándose en nuestras retinas para siempre.

Blade Runner (Scott, 1982) es hoy un mito de celuloide, film en estado de gracia de quienes intervinieron para erigirse en modelo de la ciéncia ficción que le sucedió. Partiendo del legado fundamental de Metrópolis (Lang, 27) y la presencia del gran Douglas Trumbull, ese pionero de los efectos visuales responsable de 2001 (Kubrick, 68) o Encuentros en la tercera fase (Spielberg, 1977), Blade Runner sentó las bases de la ciudad distópica futurista en el cine. Al espejo de urbes niponas como Tokyo u Osaka, esa L.A. del 2019 condicionó toda ambientación futurista posterior.

En lo estético, Blade Runner bebió del Cyberpunk surgido en los ochenta, con data oficial de 1984 si nos atenemos a la publicación de Neuromancer, su novela emblema, escrita por William Gibson, pero el cyberpunk lleva años insertado en Japón y en occidente entre todos aquellos quienes como Cronenberg (Cromosoma 3, 1979) estaban fascinados por la mutación de la carne con la tecnología. Eso que llamamos cyberpunk conjuga la cybertecnologia de cableados, robótica y androides con la estética de cuero negro, agresiva y afilada del punk, con personajes no ya anarquistas sino antisistema como los hackers (veáse Johhny Mneumonic o la famosa Matrix).

Film típico de los ochenta que cruzaba géneros (cine negro y ciencia ficción), Blade Runner fue también una de las inventoras del retrofuturismo tan de moda en nuestro siglo XXI. Eso es lo que se pide a toda obra de ciencia ficción que se precie.

Deckard se viste a la imagen y semejanza de Bogart en El halcón Maltes (Huston, 1941), con gabardina larga y aires de detective antihéroe, solitario y algo antisistema. A su alrededor, los despachos, las máquinas de escribir y otros enseres tienen look años cincuenta, para mezclarse con elementos futuristas y ochenteros como los neones, las hombreras y peinados grandilocuentes.

A su ambientación y puesta en escena, obviamente dentro los méritos de la película para convertirla en algo imperecedero se debe añadir esa historia de los replicantes que culmina con el maravilloso monólogo de Roy, algo que al parecer improvisó Rutger Hauer. Androides humanizados que quieren vivir más y ponen en tela de juicio la creación de vida artificial, el gran tema de la película que recupera la esencia de Frankenstein, el moderno Prometeo. Creación divina, frente a creación profana. El ojo de Dios, frente al fuego que Prometeo robó a los dioses, como explicita el arranque de la película que de una imagen en plano general de la ciudad de Los Angeles, entre fuegos que surgen de enormes chimeneas, pasa a un plano de detalle de un ojo, donde acabaremos viendo reflejado ese fuego de la creación.

Pese a la trama sencilla basada en la caza de un poli a seis criminales/replicantes, la película se engrandece al conocer las motivaciones de éstos y empatizar con ellos, hasta el punto de que al final el poli bueno ya no lo es, y los malos son casi héroes existencialistas.

Siempre recordaré el día que vi esta película por primera vez. Fue en el desaparecido cine Arkadín de la calle Tuset de Barcelona. Una tarde noche de septiembre de 1982, con mi amigo Joan Moll. Yo era menor de edad, 11 años, pero pude entrar con él que rondaba los 16. Se trataba de un programa doble en el que antes iba El ansia de Tony Scott, película de vampiros de diseño con Catherine Deneuve y David Bowie, con la que me aburrí como una ostra pese a los desnudos de alto voltaje. De pronto, en aquella sala pequeña con alguna columna que dificultaba la visión, aparecieron esas naves voladoras entre neones de anuncios con caras asiáticas, el héroe Han Solo transformado en Bogart persiguiendo bellas mujeres como la punky Pris, encarnada por Darryl Hannah, y ese personajillo inolvidable de JF Sebastian, solitario viviendo entre sus muñequitos robotizados que recuerdan a las ovejas eléctricas que dan título a la novela del entonces desconocido Philip K. Dick quien murió prácticamente en la miseria sin conocer la gloria de un mito que le abriría a él y a todos quienes participaron en esta película fundamental de la historia del cine.

Pienso que lo mítico tiene una carga propia y una esencia que no debe ser perturbada con segundas partes o inventos de cualquier índole. Duele ver como montan una secuela, Blade Runner 2049,  con un dream team del cine con Roger Deakins, Villeneuve o Hans Zimmer entre ellos, para acabar en un ejercicio de puro manierismo (la forma por la forma, el agotamiento del genio que sucedió al Renacimiento).

Sé que más de uno pensara que lo mío es romanticismo y adoración por la primera versión, y no lo oculto pero es que éste nuevo Blade Runner no tiene entraña, ni humanidad ninguna en su historia, es como si hubieran olvidado que la naturaleza primigenia de los mitos es contar lo inexplicable, abriendo la visión de lo desconocido y lo venidero, para hacer avanzar una cultura y su sociedad.

Hay queda ese Nexus 6 que nos enseñó a morir viendo cosas que jamás creeríamos, naves en llamas más allá de Orión. En lo único que se equivocó es que en lo de que todos aquellos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia. Su momento es ya inmortal, de ese material con el que se forjan los sueños.

Alexis Racionero Ragué

Darshan, sabiduría oriental para la vida cotidiana

Darshan es mi quinto libro, el cuarto de los que he dedicado a los viajes, aunque éste es libro diferente a los anteriores. Aquí el viaje es sólo un pretexto, un hilo conductor bajo el que trasciende el ensayo sobre las filosofías orientales y cómo éstas pueden aportar algo a nuestra vida cotidiana.

Se trata de una fusión de oriente y occidente, en la que traigo de allá lo que poder implementar a nuestra vida diaria. Diez capítulos y diez países, con un sutra o aprendizaje recogido de cada uno de ellos. Camboya te enseña a vivir con menos, Vietnam te trae al aquí y al ahora, mientras Laos y el gran Mekong, te llevan a desacelerar, como la India te muestra que la muerte es parte de la vida o Kashmir y los Himalayas, que somos parte de una gran naturaleza a la que debemos escuchar y vibrar con ella.

El libro es un compendio de todo lo que he aprendido y vivido en una década viajando por Asia. Se trata de una visión personal, en ocasiones idealista, en otras crítica, siempre subjetiva que se apoya en textos y fuentes milenarias que han trasmitido el conocimiento de los filosofías o religiones orientales. El Tao Te King, la Bahgavad-gita, los Yoga Sutras de Patanjali, el Bushido o El secreto de la flor de oro son algunas de las fuentes principales que comento. Lecturas para una vida y de una vida, textos, pensamientos y formas de vida que van filtrando poco a poco. No son escritos para ser leídos una vez, ni para ejercer puro raciocinio, sino para sentir su guía y acudir a ellos en diversos momentos de la vida.

Primero conocí Oriente gracias a estas fuentes, o al cine de samuráis o algún clásico occidental como el Siddharta de Herman Hesse o Los vagabundos del Dharma de Kerouac. En el pack, heredado de un padre muy leído, vinieron los Krishnamurti, Alan Watts o D.T. Suzuki hasta que un día emprendí el viaje y ya no pude parar. La teoría te introduce pero sólo la experiencia y lo vivencial te acercan de verdad a un territorio y su cultura. Esto y el cambio que yo he experimentado como persona a lo largo de todo este proceso es lo que quiero transmitir en este libro, cuyo título Darshan, se refiere al conocimiento intuitivo, a la revelación espontánea que aparece cuando vamos más allá del pensamiento cartesiano y racional. Darshan es también la mirada sagrada de Oriente, una forma de contemplar la vida donde la espiritualidad anida en lo cotidiano.

En su origen el libro debía llamarse El país de las sonrisas y se centraba exclusivamente en una parte del Sudeste asiático, concentrado en Tailandia y Myanmar. Luego debía venir un libro dedicado al camino del samurái en Japón. El contrato estaba por firmar pero nunca llegó a materializarse por las triquiñuelas de un editor con poca palabra. Estuve esperando a que la situación se desencallara pero esto no sucedió. De modo que decidí prescindir del editor y escribir el libro que yo quería, de principio a fin, sin saber quién iba a publicármelo. Lo redacté en apenas cuatro meses porque lo llevaba en la cabeza y lo amplié a muchos otros países en los que había estado. Envié el manuscrito a una editorial de confianza, Kairós, con quien había tenido previamente algún contacto. El texto gustó aunque requería una revisión, sesuda, en la que añadir más enjundia y referencias dada la naturaleza y trayectoria de la esta importante editorial, a la que siempre he admirado por su catálogo y por ser quien editó el California Trip de mi madre o Los ensayos sobre el apocalipsis de mi padre.

Me pasé un verano entero haciendo la segunda versión, releí todo lo que pude y busqué el equilibrio entre el ensayo de pensamiento y lo ameno. Creo que lo conseguí o al menos esa ha sido mi intención. No caer en lo superficial, ni tampoco crear un texto para especialistas. Querría que el libro pudiera ser leído por cualquiera que esté interesado por introducirse en Asia y sus filosofías orientales y que a su vez, pueda suponer una buena lectura para el especialista que quiere refrescar lo ya sabido.

Darshan, ya tiene vida propia, está en las librerías y pronto será presentado en la librería La Central de Barcelona por mi amigo el sabio orientalista, profesor de tai chi y catedrático de humanidades Josep Olives. Desde aquí quiero agradecer mucho el apoyo recibido por Agustín Pániker desde el primer día, por su trato, franqueza y confianza, así como a su equipo de colaboradoras de Kairós que han hecho un trabajo excelente.

Espero que este libro pueda aportar su granito de arena para que el lector pueda vivir una vida más conectada con su verdadero ser, con su esencia, con la certeza de que somos mente, cuerpo y alma, no sólo maquinas racionales diseñadas y programadas para comprar en una sociedad tecnocrática que algunos, hace ya muchos años, llamaron Molloch.

Acabo con una cita de Carl Jung que recojo en el libro: “Tu mirada se aclarará solo cuando puedas ver dentro de tu corazón. Aquel que mira hacia afuera, sueña; aquel que mira hacia dentro, despierta.”

Presentación en La Central (c/ Mallorca 237) 27 septiembre 19h.

Presentan Agustín Pániker (director Ed Kairós) y Josep Olives (catedrático humanidades UIC, orientalista, profesor tai chi).

 https://www.lacentral.com/agenda/barcelona/evento/darshan-sabiduria-oriental-para-la-vida-cotidiana-alexis-racionero-rague-141782?idm=1

Alexis Racionero Ragué

Sodarshan Chakra Kriya

La La Land

El cine no clásico, no ha muerto. Damien Chazelle, se consagra como niño prodigio de Hollywood con esta película que reivindica las esencias del musical clásico, adaptando sus formas al cine contemporáneo.

El clasicismo enmarca la ambientación, el tono de un romance idílico y el trabajo de unos actores todoterreno que tanto transmiten con un cruce de miradas, cantan, lloran, bailan o vuelan a las estrellas.

En la forma aparecen planos secuencia majestuosos como el que da inicio, puntuaciones de montaje que nos trasladan a revisitar una presentación desde otros puntos de vista y tanto la música como el sonido percuten en leitmotivs o silencios contenidos.

Si el principio es espectacular, el final es un prodigio de inteligencia visual intimista, con las teclas de un piano pulsando tu fibra sensible.

En conjunto hay un despliegue de elementos de un lenguaje plenamente moderno que casa a la perfección con lo clásico.

Además, abunda el metacine, eso del cine dentro del cine. No tanto por llevar a los personajes al interior de una sala cinematográfica sino por la abundancia de homenajes encubiertos o evidentes.

Un plano homenaje a All that jazz, un segmento de Un americano en París, la calle de los Paraguas de Cherburgo

Chazelle sabe de cine y tiene gusto por lo añejo. Su película además de homenaje a los tiempos del technicolor de Rebelde sin causa o los colores de West Side Story, toma algo de la fotografía colorista de Jack Cardiff en otro referente del género musical como Las zapatillas rojas.

Por si fuera poco, este nuevo niño prodigio de Hollywood sabe mucho de música y su película es también una reivindicación al jazz más puro y experimental de los tiempos del Be boop con Charlie Parker, Monk, Coltrane, etc.

Hay una escena con un diálogo impagable entorno a la diferencia del jazz auténtico y ese de ascensor como el de Kenny G.

Tal vez sea una película demasiado bonita, redonda y bella para las atormentadas mentes posmodernas, ávidas de atmósferas malsanas y críticas existenciales.

Ciertamente, ésta es una película arriesgada que roza lo cursi y con una tesis clara que no admite mucho debate : Vive tus sueños.

La vida es de los soñadores, de los que persiguen una meta, por utópica que ésta sea.

Sí, puede ser un edulcorado cuento de hadas pero ¿qué más da? Ya está bien de dramas y excusas amparadas en la crisis. Hubo un tiempo en el que el cine hacía soñar, como cuando Gene Kelly se subía por las paredes o Ester Williams hacía lo imposible en una piscina. Décadas después aquella Universal que nos trajo monstruos y musicales durante los duros años 30, cabalga hacia los Oscars con una película con regusto a los mejores tiempos del cine clásico.

Aquí también hay star system. Con el tipo de duro de Drive, Ryan Gosling ejerciendo de pianista incomprendido, al tiempo que despliega sus recursos como bailarín y cantante. A su lado, Emma Stone, irradia como un sol incandescente. Con un rostro bello y carismático, de ojos cristalinos capaces de transmitir cuánto quiere, como en ese plano prodigioso en el que cuenta su sueño en París.

Juntos hacen una buena pareja, con química, además de marketing.

Ellos son la película, aunque en una secuencia se cruce J.K. Simmons, tremendo secundario que lo bordó en Whiplash, la anterior película de Chazelle.

La carrera hacia los Oscars parece ganada. La la Land lo tiene todo, en especial todo aquello que al viejo Hollywood le puede gustar pero no creo que ésta sea una peli diseñada para conseguir estatuas, sino un canto de amor al cine de toda la vida y también a la ciudad de Los Ángeles.

L.A. es la meca al que todos van a cumplir sus sueños. Un laberinto de autopistas, sesgado por la mística de Sunset Blvd. Tuve la suerte de estar ahí, un tiempo para dar rienda suelta a mis sueños y aprender de cine gran parte de lo que ahora sé. Recuerdo la ilusión de quienes queríamos dedicarnos a esto del cine, las miradas de las camareras esperando la hora de un casting, la conversación del taxista que tenía un guión que algún día le llevaría a la fama.

Muchos sueños se quedan en el tintero, otros se cumplen y algunos cambian pero qué importante es tener un lugar en el que poder soñar.

No he olvidado la belleza inmensa del Océano Pacífico, la esbeltez de las palmeras alineadas al sol de California, ni lo importante que es no dejar de sonar y perseguir tus sueños cada día.

La la Land habla de todo esto, por eso me ha conmovido y creo que devuelve a la gente a las salas de cine. Es bonito ver las colas y las caras de la gente al salir de la proyección. Ver que una película se proyecta a la vez en varias salas y que pese a la globalidad y las series, todavía es capaz de marcar una época.

El cine vuelve a sus esencias de contar bien una historia universal, esa que va del amor, las oportunidades perdidas, los sueños que vivimos y no se cumplieron, lo que pudo haber sido… Emociones que todos llevamos con nosotros y que una buena película como ésta, sabe despertar.

El mundo es de los que sueñan y persiguen sus sueños.

Alexis Racionero Ragué

The Cure, cuando fuimos góticos

Hay grupos que forman parte de tu vida y para muchos de nosotros, los que vivimos los ochenta como adolescentes en busca de nuestra identidad, the Cure fue un reducto de oscuridad fascinante.

En tiempos horteras de Duran Duran o Spandau Ballet, con la depresión del post punk o de soportar a las generaciones que te pasaban por la cara lo de haber crecido con los Stones o los Clash, the Cure se convirtió en la opción disidente, auténtica y propia de toda una generación que estos días vuelve a rendir pleitesía a Robert Smith y los suyos, de los cuales quedan ya bien pocos.

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Pese a la importancia del bajo y teclados de Simon Gallup, la guitarra Porl Thompson o la batería de Laurence Tolhurst, pocas veces un grupo ha dependido tanto del carisma y talento como the Cure con Robert Smith.

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El magnetismo de este hombre arácnido, vampírico oscuro y misterioso ha combinado con sabia autenticidad gestos de bohemia francesa, con nihilismo punk y labios de carmín glam, siempre bajo ese pelo estropajo desaliñado muy anterior a los tiempos de Tim Burton y su Eduardo Manostijeras.

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De voz inconfundible, capaz de rasgar y componer veladas memorables como Pictures of you o nanas como Lullabay y So close to me, o meterse en registros más punkies en Grinding Halt, Jumping Someone Else’s Train. Aunque para mí la magia de the Cure está en la densa oscuridad de temas como A forest, The Drowning Man o A Strange Day.

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Soy de los clásicos oscuros, de aquella trilogía memorable compuesta por los LP Seventeen Seconds, Faith y Pornography. Si me tuviera que cortar las venas y entregarme a la noche eterna lo haría escuchando estos discos que me han acompañado en momentos de tristes o en tantos otoños melancólicos. Porque the Cure te recuerda que existe el lado oscuro, que hay una atracción fascinante en lo oscuro, decadente y mórbido. Es el mundo de Allan Poe, de Lovecraft, de las sombras que nos son fascinantes y que alguien decidió englobar bajo el término gótico.

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El ritual de un concierto de los Cure te devuelve a viejas costumbres, ropa negra, cadencia hipnótica y como Drácula a escuchar a las criaturas de la noche.

Desde su primer disco Three Imaginary Boys en 1979 ha llovido mucho. Mi disco de plenitud fue The head ont the door  y el grupo pareció venderse a lo que no era en tiempos comerciales con albums rentables como el Kiss me Kiss me Kiss me o Wish.

A mí entonces me dio una pataleta y dejé de seguirles. Por culpa de ello me perdí el Disintegration y regresé casi pidiendo perdón.

No olvidaré jamás la primera vez que los vi en el Palau dels Esports de Barcelona, a finales de los ochenta siendo un adolescente que halló parte de su identidad siguiendo a los Cure. Los volví a ver en los noventa y en el 2008 en el Sant Jordi,  pero nada como aquella noche del 2002 en Benicassim cuando ya crecidito, en compañía de dos buenos amigos, vimos tocar a los Cure, en mitad de una muchedumbre indie jovencita.

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Presentaron el Bloodflowers un disco que regresaba a la oscuridad, de ahí ya no se vio un atisbo de luz, las tinieblas nos cubrieron mientras los jovencitos se las piraban en busca de algo más marchoso, más tecno, más para ellos. Allí estaban Robert Smith diciéndonos a nosotros que habían vuelto a la raíces de las que nos han hecho proceder. Poco a poco fueron cayendo temas de aquella gloriosa época y también otros más actuales que desde la oscuridad post punky new wave venían a constatar que lo suyo no es sólo nostalgia sino un lugar en el espacio de la música de la que beben tantos como Placebo y que pudieron compartir con ídolos perdidos como Joy Division.

curegraf

No crecimos con los Stones, ni con los Beatles, y el punk nos pilló de niños pero tuvimos la suerte de descubrir la oscuridad, la melancolía y una forma de liturgia musical con the Cure, esa que todos sabremos celebrar en su nuevo concierto.

Dum, dum, dum, dum, dudum, dudum,

Come closer and see
See into the trees
Find the girl
If you can
Come closer and see
See into the dark

Oscuridad, apenas dos focos blancos, un bajo poderoso y un lamento fascinante que curva nuestras espaldas, nos adormece, nos hace brincar en pogos salvajes y nos recuerda que somos parte de un pedazo de la historia.

Fuimos góticos y no dejaremos de serlo.

Alexis Racionero Ragué

(Un abrazo muy sentido a quienes me han acompañado en mi vida con los Cure, vosotros sabeis quien sois, Jordi, Mia, Xavi, Lucia, Julio, Tom, JB, Vic, Cristian …)

 

Dylan, el héroe y bardo contracultural

Dylan premio Nobel. No lo necesita, cierto pero se cierra un bonito ciclo que tiene que ver con la Contracultura Norteamericana que iniciaron los Beats con los que Dylan se codeó por el Greenwich Village.

Si entonces, éstos, en especial Ginsberg o los más desconocidos Gregory Corso o Gary Snyder, reivindicaron y devolvieron a la poesía al lugar que merecía, hoy Dylan hace lo propio con las letras musicales.

Dylan beat

Lennon y tantos otros estarían contentos porque han sido muchos quienes han contribuido al desarrollo de nuestras vidas con letras de canciones que llevamos grabadas como mantras.

En mi caso puedo hablar del Nowhere Men o Strawberry Fields de los Beatles, de Play with Fire de los Stones, del Wish you Were Here de Pynk Floyd y una lista inacabable de Dylan : Visions of Johanna, Desolation Row, Like a Rolling Stone, Chimes of Freedom, Lay Lady Lay o la que más escucho estos días Simple Twist of Fate.

Dylan ha dado llama a nuestras vidas, para mí es el refugio que siempre está ahí cuando las cosas van bien o van mal, alguien que ocupa mi espacio más íntimo y personal, mi refugio, quien me acompaña cuando estudio, escribo o contemplo un paisaje.

De él me gusta hasta esa voz rota y nasal. Incluso sin comprender sus letras, te cala, te penetra, como decía Sabina en su escrito para El País

“ No entendí nada de lo que decía, pero tuve claro que me estaba hablando a mí. Su manera personal de jugar con la fonética, de escupir las palabras, de frasearlas, consiguió que aquel poeta que yo entonces quería ser decidiese convertirse en músico.”

Dylan

La persona que está detrás de Dylan, ese Bob Zinnerman es un tipo con varias caras pero que ha tenido claras sus raíces contraculturales, siendo déspota, arisco, indomable e imprevisible para la prensa como el genio Lennon o el gran Lenny Bruce, hoy bastante olvidado.

Es cierto que a principios de los ochenta nos tuvo perdidos con su mesianismo católico pero no le duró mucho. También sería justo reconocer que cuando pudo ser icono hippie, algo en lo que se convirtió casi sin quererlo, se salió de la masa, avanzando una vez más contracorriente.

En unos días, el 19 de noviembre voy a dar una conferencia sobre El cicle de l’heroi,el camí del despertar en la Akademia de Sabadell y voy a utilizar a Dylan como imagen o arquetipo del héroe de las mil caras de Joseph Campbell, porque él como todos los héroes ha transitado en solitario, abriendo camino, adentrándose en lo desconocido para alcanzar algo que los demás desconocían algo que defendió a contracorriente y que al final difundió entre los suyos para hacer avanzar a su sociedad. Eso es lo que hacen los héroes, los genios, los artistas y los científicos con sus descubrimientos.

Dylan glasser

Dylan nos ha enseñado que las canciones pueden ir más allá del cándido I want to hold your hand, del chico conoce chica, que los bardos medievales pueden ser plenamente contemporáneos y que nuestra alma se conmueve cuando escucha una bella melodía, acompañada de una letra profunda.

Detrás de Dylan no sólo están los beats y su sentido autobiográfico sino todos aquellos padres del folk musical con Woody Guthrie y Pete Seger al frente. En su camino, le han acompañado otros maestros como Neil Young, Van Morrison, Leonard Cohen, Joan Baez o Donovan pero ninguno como él.

Bob Dylan goes electric at the 1965 Newport Folk Festival.

Dylan inventó el folk rock aquel 15 de julio de 1965 en Newport cuando enchufó la acústica a la electricidad, ante la sorpresa general y posterior abucheo de la audiencia y propios organizadores del evento. Ninguno de aquellos puristas del folk comprendían lo que Bob estaba haciendo.

Para mí Dylan es de lo mejores contribuciones que ha dado la cultura norteamericana junto al cine, un terreno en el que también ha sido prolífico.

Cierro este sentido post con cuatro apuntes sobre Dylan in the movies (título de la canción que le dedicaron los Belle & Sebastian).

Imprescindible su aportación musical y su presencia como Billy the kid, en el clásico de Peckinpah, Pat Garret & Billy the Kiid (1974)

Básico el documental de Pennebaker Don’t Look Back (68) o el más reciente No Direction Home (Scorsese, 05) y muy interesante el I’m not there de Todd Haynes (07) con una Cate Blanchet bordando el papel del Dylan rebelde beat en blanco y negro que toma el pelo a la prensa. Ella es sólo un cara del poliédrico Dylan que en el film es encarnado por ésta y por Richard Gere, Ben Wishaw o Christian Bale.

Estos días no me canso de escuchar el Blood on the tracks, mi álbum favorito junto con el Nashville Skyline que me ponía de niño, fascinado por la el saludo de la portada de un muchaco imberbe y extraño sombrero.

dylanskyline

Toda una vida con Dylan, como sucede con tantos de nosotros. Es el privilegio de los héroes de verdad, de aquellos que no combaten con las armas sino con la belleza de su corazón.

Alexis Racionero Ragué

Campaña Crowdfounding documental El Misteri de les Taules

El misteri de les Taules es un documental de 50 minutos que investiga el origen de estos recintos prehistóricos que se vinculan con cultos mistéricos del Mediterráneo antiguo.

La taula es una estructura monolítica compuesta por una piedra soporte vertical y una horizontal que la corona formando una T.

Hoy en día, se reconoce que fueron espacios de culto pero se desconoce a quién se veneraba, tan sólo hay pistas de los rituales que se realizaban, gracias a los fragmentos de huesos de animales sacrificados y de ánforas de vino, así como una gran hoguera que remite a los orígenes de la fiesta de San Juan, el solsticio de verano y las fiestas dionisíacas de gran tradición en todo el Mediterráneo.

El documental quiere exponer las diferentes hipótesis establecidas desde principios del siglo XX, cuando una arqueóloga británica llamada Margaret Murray llegó a Menorca para excavar dos recintos de taula.
Su conclusión es que más que un altar sacrificial, la taula era objeto de culto por si misma. Más tarde, un personaje local, Mascaró Pasarius, conectó la morfología de la taula con la cabeza astada de un toro y desde entonces, son muchos los que han seguido añadiendo sus distintas hipótesis.

Por ello, El Misteri de les Taules se construye a partir de la fascinación de un investigador que actúa de narrador invisible, siguiendo los pasos de la arqueóloga M. Murray, presente desde una cámara subjetiva, implicando al espectador en la visita a los distintos recintos de taula y conduciendo las entrevistas con los diferentes arqueólogos e historiadores.

El objetivo no es dar con una respuesta absoluta sino dejar que el espectador interprete y construya su propia hipótesis. El enfoque no quiere ser cientifista ni académico pero tampoco frívolo.

Está dirigido a todos los públicos y principalmente lo que busca es dar a conocer y reivindicar la importancia de la cultura talayótica menorquina que aspira a ser reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco durante el año que viene, 2017.

El turismo y los intereses económicos tienden a no tener muy en cuenta la importancia de estos espacios fundamentales para comprender de dónde venimos y cómo era la antigua cultura del Mediterráneo.

Menorca conserva más de mil yacimientos prehistóricos que deben ser dados a conocer para tomar conciencia de lo importancia de su conservación y estudio. Durante años, muchos de estos recintos han sufrido expolios y algunos, se conservan en un estado bastante precario.

El proyecto quiere revalorizar la arqueología y constatar el difícil momento que está pasando, captando al espectador mediante uno de los misterios de la historia, que no sólo nos habla de cómo eran los primeros pobladores de Menorca, sino de todos nosotros, los pueblos del Mediterráneo.

El punto de partida son unos libros de arqueología publicados por la Cambridge University en los años treinta, hallados en un anticuario de la isla.
Su autora, Margaret Murray acababa de escribir un libro sobre La brujería en Europa durante la Edad Media y otro sobre El dios de los brujos.

Sesenta años después un espeleólogo menorquín encuentra una talla de un dios cornudo en una cueva suspendida sobre un acantilado.
¿Pudo ser éste el dios venerado en los recintos de taula?

De este modo arranca esta investigación que plantea un documental, a medio camino entre el reportaje y la ficción, que quiere dar a conocer las taulas talayóticas, un monumento único en el mundo que sigue fascinando a todo aquel que las visita.

Tenemos parte del documental rodado y el apoyo del Consell Insular de Menorca e IB3 pero no es suficiente ni para cubrir gastos por eso hemos promovido esta campaña de recaudación para tener el dinero que nos falta.

Si lo conseguimos querríamos hacer diversos estrenos en la isla de Menorca, Barcelona y otros lugares.

Para saber más visita la página de Verkami de El misteri de les Taules.

Gracias por vuestro interés, apoyo y aportaciones.

Alexis Racionero Ragué